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COMUNICACIÓN · · 3 MIN DE LECTURA

¿Por qué cuesta tanto desmontar una mentira?

Por Joan Martín

Ilustración sobre la Ley de Brandolini y la desinformación en internet.

Alguien publica una barbaridad en 20 segundos. Tú la lees y piensas: «Esto no puede ser verdad».

Buscas la fuente. Compruebas el dato. Miras quién lo ha publicado, de dónde sale, qué falta por contar y por qué justo ahora aparece esa información. Media hora después ya puedes responder.

La otra persona, mientras tanto, lleva tres publicaciones más.

Qué es la Ley de Brandolini (o principio de asimetría de la estupidez)

Esto tiene nombre: Ley de Brandolini o principio de asimetría de la estupidez. Viene a decir que desmontar una tontería requiere mucha más energía que producirla.

Y vaya… no parece precisamente una idea pasada de moda.

Vivimos rodeados de titulares, vídeos, encuestas, gráficos y opiniones. Y hay momentos en los que, casualmente, parece que todo el mundo tiene especial interés en explicarnos cómo son las cosas, qué deberíamos pensar y hasta qué deberíamos temer.

La IA abarata la mentira, pero no la comprobación

Con la IA, además, producir algo que parece creíble es cada vez más fácil. Un texto bien escrito, una imagen, un gráfico bonito o una supuesta explicación técnica salen en segundos.

Comprobarlo sigue costando bastante más.

Por qué nos lo creemos: verdad ilusoria y sesgo de confirmación.

Y nuestro cerebro tampoco ayuda siempre.

Existe algo llamado «efecto de verdad ilusoria»: cuando vemos varias veces una afirmación, puede empezar a parecernos más verdadera simplemente porque nos resulta familiar. Repetir algo, por desgracia, no lo convierte en verdad.

Y hay otra trampa todavía más cotidiana: si eso que leemos encaja con lo que ya pensamos, con lo que nos interesa o, simplemente, con lo que nos gustaría que fuera verdad, bajar la guardia resulta bastante fácil.

Ese momento de «¿ves? Ya lo decía yo» debería hacernos desconfiar un poquito.

No porque la noticia sea falsa. Igual es completamente cierta.

Pero comprobar solo aquello que nos chirría y dar por bueno lo que nos da la razón es una manera bastante cómoda de informarnos.

El hábito que nos falta: preguntar «¿por qué?»

Por eso creo que tenemos que recuperar una costumbre que parece muy básica: preguntar «¿por qué?».

¿Por qué me están contando esto? ¿Por qué ahora? ¿De dónde sale el dato? ¿Qué parte no aparece en el titular? ¿Quién publica esta información? ¿Qué quiere provocar en mí?

Porque cuando alguien construye un mensaje, siempre toma decisiones. Qué cuenta, qué deja fuera, cómo lo titula, qué palabra utiliza, qué imagen escoge y dónde pone el foco.

Y eso suele buscar una reacción en quien lo recibe. Que compres. Que le caigas bien. Que te enamore. Que votes. Que hagas clic. Que te enfades. Que compartas. Que recuerdes una marca. Que cambies de opinión. O simplemente que sigas leyendo.

Eso no significa que haya mala intención. De hecho, puede pasar justo lo contrario. Igual haces todas esas comprobaciones y descubres que la noticia era cierta, estaba bien explicada y quien la publicó simplemente quería informar. Pues bienvenida sea. Y además, de tanto comprobar, probablemente habrás aprendido bastante más que quedándote solo con el titular.

Tampoco hace falta pensar que detrás de cada noticia hay un señor acariciando un gato en una habitación oscura. Normalmente es bastante menos cinematográfico. Puede haber dinero, atención, clics, reputación, ventas, ideología, votos… o simplemente alguien intentando hacer bien su trabajo.

La cuestión es acostumbrarnos a preguntar un poco más.

No convertirnos en detectives cada vez que abrimos Instagram. Pero sí dejar de confundir «lo he visto muchas veces» con «es verdad», «lo ha dicho alguien que piensa como yo» con «está demostrado» o «me indigna muchísimo» con «tengo toda la información».

Y sobre todo, antes de compartir algo, dedicarle treinta segundos más. Ya sé que según Brandolini vamos perdiendo por tiempo. Pero al menos pongámoselo un poco más difícil.

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¿Tú cómo lo ves?_

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