Nos encanta discutir.
Pero discutir de verdad, no conversar.
Discutir implica ir con las ideas medio hechas, apoyarte en titulares, en datos sueltos, en lecturas rápidas… y lanzarte a defenderlos como si te fuera la vida en ello. Si no es así, ya no lo llamamos discusión. Le quitamos épica. Parece que tiene menos morbo.
Y todo esto lo digo después de una conversación, no una discusión, con uno de mis mejores amigos, Magí Barneda. Alguien a quien admiro mucho. Por cómo es, sí, pero sobre todo por la pasión que tiene por su profesión: la educación.
Fiesta. Cerveza en mano. Y yo, cómo no, criticando el sistema educativo actual. Saqué mis mejores argumentos: textos de neurociencia, sesgos como padre, estudios varios. Todo muy bien empaquetado. Todo muy convincente… en mi cabeza.
Uno a uno, fue rebatiendo cada argumento. Sin prisa. Con pausa. Con una tranquilidad casi incómoda. Y lo hacía desde un lugar distinto: desde la práctica. Desde vivir cada día eso que yo había leído desde fuera.
Además, ayudaba poco a mi ego que su capacidad de argumentación y oratoria fuera tan buena. Todo lo que decía se entendía. Todo tenía sentido. Y ahí es donde me di cuenta de algo bastante incómodo: como muchos, me había quedado en la superficie. En el titular. En el dato aislado. En conversaciones entre neófitos sobre una materia que, para entenderla de verdad, hay que vivirla.
Y más allá del tema concreto del que hablábamos, la reflexión fue otra, mucho más amplia.
Cuántas creencias nos construimos en el día a día por no hablar con quien sabe. Por no preguntar a quién ha decidido. Por no contrastar con quien está dentro. Y lo peligroso no es solo equivocarse. Lo peligroso es que, a partir de ahí, generamos sesgos, ideologías y opiniones firmes… apoyadas en cimientos bastante frágiles.
Una decisión rara vez nace de una iluminación divina. O no debería. En la mayoría de casos es la consecuencia de un razonamiento. Quizás por eso, el verdadero debate no debería centrarse tanto en la idea final, sino en el razonamiento que hay detrás. Cuando discutimos solo la idea, no hay pensamiento crítico. Hay fricción. Ruido. Posiciones enfrentadas que no se escuchan.
Y aquí va la pregunta incómoda, de las que cuesta contestar con honestidad:
¿Cuántas veces has empezado una discusión, o una conversación, y has acabado cambiando de opinión?
Porque si la respuesta es “casi nunca”, igual no es que tengamos las ideas muy claras… igual es que discutimos más de lo que pensamos y reflexionamos menos de lo que creemos.
